domingo, 11 de octubre de 2015

Si, fui a Polonia

Y fue una experiencia extraordinaria. Cumplido otro de los objetivos de éste viaje.

Mientras estaba por Italia o Suiza, la gente me preguntaba acerca de como seguiría el itinerario de mi viaje. Cuando llegaba el momento de mencionar que luego iría a Polonia, siempre me miraban raro.
- ¿Por qué vas a Polonia? Me preguntaban, como si me hubiese equivocado de destino. Mi respuesta siempre era la misma: "Voy a visitar unos viejos amigos".

Allá por el 2009, viajando en auto por américa del sur, conocí a Andrzej & Ewa, dos viajeros polacos con muy buena onda, muchos meses de mochila sobre sus espaldas, y un embarazo de unos 5 meses que empezaba a mostrarse. Tal fue la amistad que se dio, que continuamos escribiéndonos y encontrándonos en varias ciudades de Bolivia, Perú y Ecuador, mientras todos hacíamos la misma ruta hacia el norte. Cuando en Cuzco, luego de haber visitado Machu Picchu, me apareció el gran interrogante sobre si continuar el viaje o regresar a Argentina por el mismo camino por donde había venido, Andrzej & Ewa, me ayudaron a trazar una ruta que rodeaba toda América del Sur, que me alentaba a continuar viajando, y que meses después completaría para regresar a Buenos Aires.
Un mes más tarde, en Quito, el viaje de Andrzej y Ewa llegaba a su fin. Nos despedimos en el aeropuerto, ya con su embarazo de 7 meses. Adios a mis nuevos amigos.

Con el tiempo, la amistad pasó a un plano de correspondencia por correo electrónico. Nació Marta, su hija, que conocí y vi crecer por fotos. Luego de un tiempo viajaron en bicicleta por Asia, desde China hasta Polonia, ya con Marta de unos 3 años.
En mis correos, siempre les decía que los visitaría el día que vaya a Europa, aunque no sabía cuando sería eso. Los años pasaron, y el proyecto del viaje nunca lograba tomar la fuerza suficiente. Hasta que un día todo se alineó, y el momento de viajar apareció. - "Andrzej, en unos meses los voy a visitar" le dije, definitivamente.

Y viajé, y poco a poco me fui acercando. Luego de Suiza visité rápidamente Viena. De ahí tomé un bus durante la noche hasta Katowize, una gran ciudad minera al sur de Polonia. Cuando llegué, muy temprano en la madrugada, esperé a Andrzej que me vendría a buscar. La noche que aclaraba en una ciudad desconocida, en un país con un idioma del cual no entiendía nada (ahora entiendo alguna que otra palabra). Miré, esperé, y nada. Estaba un poco ansioso por el reencuentro. De repente, me sorprendió un "¡Hey Nacho!" y unas palmadas en la mochila. Era Andrzej, el mismo, que apareció de no se donde.
- "Cześć, my friend" ("Hola mi amigo") le dije, en una combinación de polaco e inglés, un saludo que tenía preparado. Al poco tiempo ya empezamos a decir tonterías y a reirnos de cualquier cosa, con la misma frescura que recordaba, como si nos hubiésemos despedido ayer.

Me llevó a su casa, en Chorzów, un pueblito muy cercano a Katowice. Ni bien entramos, entre risas y emociones, me encontré con Ewa que alzaba a Mateusz, el nuevo integrante de la familia. ¡Es muy emocionante volver a verlos! Estoy feliz de haber ido hasta allá, de haberme "invitado", o más bien haber hecho real aquella invitación que alguna vez me ofrecieron, pero que siempre pareció más lejana e imposible que real. Estoy contento de mantener viva una amistad que tranquilamente pudo haber sido víctima de la distancia y el olvido. Asi comenzaron mis días en Polonia. Redacté unos mini-relatos, para contar acerca de algunos de los hermosos y divertidos momentos que pasé con Andrzej, Ewa, Marta y Mateusz.

Chorzów

Nikiszowiec y la pista de hielo

Después de mi llegada a la casa (por la cual hice madrugar a la familia toda), desayunamos. No había podido dormir mucho en el bus durante la noche, y terminé pagándolo en cómodas cuotas de siestas a lo largo del día. Andrzej me contó el plan para hoy: Vamos a ver un una muestra de deportes (o al menos eso entendí), y ya que estamos pasamos a visitar un barrio muy peculiar que hay cerquita.
-"Llevate abrigo que va a hacer frío" -Me dijo. No parecía muy complicado el plan, pero con el bus-lag muchas cosas se me escaparon.
Llegamos al barrio de Nikiszowiec, un vecindario construído a principios del siglo pasado para los trabajadores de las minas de carbón y sus familias. Un lugar con una arquitectura muy particular, de tiempos de la ocupación alemana. No llevé ni una cámara de fotos, ni la réflex ni el celular (nuevamente el bus-lag), así que subo una foto de Wikipedia.
Recorrimos el enorme barrio de viviendas de ladrillos, un lugar super interesante. Frente a la entrada del mismo, había un gran estadio de jockey sobre hielo. Hacia allá fuimos luego de caminar entre aquellos edificios que me dejaron encantado. ¿Qué haríamos ahora? Me pregunté entusiasmado. Seguí a Andrzej hasta la boletería y sacamos entradas para todos. Andrzej me dió la mía, la agarré y lo miré, aún sin entender.
-¿Vamos a ver un partido de jockey sobre hielo? -Le pregunté (no puede ser verdad, me encantaba la idea).
-¡Claro, pero si te lo dije hoy! -Me dijo, riéndose.
¡No lo puedo creer! Fuimos a la entrada y llegamos al control. Los guardias me revisaron mientras yo estaba feliz y sorprendido de éste día. Una vez en las gradas, y viendo aquel freezer gigante, empecé a sentir que mi abrigo no era suficiente, pero estaba muy contento. Le conté a Andrzej de mi alegría y del frio, y por supuesto, volvió a reirse: "¡Te dije un montón de veces que íbamos a ver un partido de hockey sobre hielo y que traigas abrigo porque iba a hacer frío!" Me reí de lo despistado que soy. Al final no había entendido nada, pero disfruté mucho de aquel viernes de sorpresas junto a mis amigos.

Nikiszowiec / Foto: Wikipedia

(Fotos tomadas el viernes siguiente, ésta vez ya no me olvisaría la cámara).


Las fiestas familiares

El plan para el sábado y el domingo eran compromisos familiares de las familias de Andrzej y Ewa, que por supuesto no iba a perderme. El sábado en la tarde fue el cumpleaños del hermano menor de Andrzej, y ahí fuimos. Conocí a toda su familia que me recibió muy bien. El festejo era una merienda en una mesa larga, café con leche, te, tortas y... vodka. Si, obviamente tuve que hacer notar ese detalle a la gente de la fiesta.
-Lo que me suena raro es que haya vodka en el medio de una merienda -Dije, ya sin poder contener la curiosidad.
-¡Es nuestra costumbre! -Me contestaron con orgullo, y me sirvieron en mi vaso. Así que, sin oponerme demasiado, tuve que tomar café, torta, y cada tanto un sorbido de vodka, sabiendo que si se vaciaba el vaso, alguien me lo volvería a llenar. Hablé inglés con algunos y el resto fueron diálogos en polaco de aquí y de allá que me entraban por el oído, pero que lamentablemente no entendía una palabra por más que me esfuerce.
Llegó la torta y el momento de cantarle al homenajeado el "Sto lat" ("cien años") la canción polaca que se acostumbra cantar en los cumpleaños. Después cantamos el feliz cumpleaños en inglés, donde pude participar, y por último y a pedido del público, tuve que cantarlo para todos, en español.

El domingo fue el cumpleaños #1 de Ignacy, sobrino de Ewa. Hubo una misa antes (si, fui a varias misas en Polonia), y luego un almuerzo en un restaurant. Todo era bastante formal, así que refloté del fondo de la mochila la ropa del casamiento de mis amigos italianos, que me vino de lujo. Durante el almuerzo, todos hablaban polaco (que era lo normal que suceda), aunque poco. La mesa estaba bastante tranquila y callada, sólo ruidos de platos y cubiertos y sorbos de sopa. Con Andrzej, como dos chicos, empezamos a romper el silencio con nuestras carcajadas contenidas, buscando la diversión en cualquier cosa, inventando chistes en inglés con juegos de palabras, y lo que sea. Ewa, siempre más correcta, a veces se sumaba, pero podía contenerse mejor. Por supuesto, había vodka y cada uno tenía su vasito, que estuvo ahí desde el comienzo junto a la vajilla del almuerzo.
Pasamos una tarde muy divertida, entre risas y copas, comiendo platos típicos polacos.
Para la vuelta, Ewa fue la encargada de tomar el volante. Andrjez me siguió los pasos en el camino del vodka, aunque con un aguante digno de un eslavo. Yo, con mi aguante propio de un sudamericano, volví bastante mareado pero feliz.


Mateusz, Marta y las clases de Polaco

Mateusz y yo nos hicimos amigos muy rápido. En cierta época sentía que los bebés me tenían aprecio, y después cuando crecían un poco más ya no me daban mucha bola, o mis juegos no eran tan efectivos. Hacía mucho que no me ganaba la amistad de un bebé, hasta ahora. Volvieron a mi momentos de juegos con mis sobrinos pequeñitos. No se porqué, pero al cabo de unos días Mateusz cada vez que me veía sonreía, mostrándome los dientes y hasta cerrando los ojos. Creo que le enseñé a guiñar un ojo, porque realmente con sus 7 meses, le salía muy bien. Cuando lloraba que quería ir con su mamá, o porque estaba aburrido (es un gran actor), con dos monerías que le hacía me miraba y me sonreía, saliendo completamente de su personaje ¡Un chanta total! Siempre quería venir conmigo. A veces hasta me estiraba los brazos siendo alzado por su mamá, y Ewa encantada. Todo un personajecito Mateusz.

Antes de visitar a mis amigos me preguntaba como nos comunicaríamos con Marta ¿Hablará inglés? La respuesta es que recién está aprendiendo, por lo que comunicarse fue todo un reto. Nuevamente el juego fue el medio por el cual pudimos hacernos amigos, aunque empecé con el pie izquierdo.
El día que llegué nos sentamos a desayunar bien temprano. Ewa iba y venía, preparaba el desayuno. Es una de esas madrazas que hacen diez cosas al mismo tiempo y no deja que la ayudes. Andrzej y yo esperábamos sentados mientras se hacía el café y los huevos. Marta llegó a la cocina, resfregándose los ojos, tratando de despabilarse y a la vez de sacarse la timidez de encima. Una vez que juntó coraje me dijo, dudando:
-Good... ¿bye?
Con Andrzej no pudimos evitar una carcajada que estalló casi sin pensarlo. Pobre Martita, se volvió llorando a su cuarto. Ewa nos retó, obviamente, y pensé que empezar con el pie izquierdo con Marta sería un comienzo difícil. Resulta que ella sabía de mi llegada, y había estado practicando todo el día anterior saludos y palabras en inglés, pero el sueño y los nervios la hicieron confundirse. Sin embargo, poco a poco fuimos amigándonos. Ella era muy curiosa y sabía que debía hablarme en inglés, aunque sepa muy poco ese idioma, porque yo de polaco no entiendo nada. Entonces, con el lenguaje siempre había una traba. Alguna que otra vez empezaba a hablarme en su idioma a lo que yo le respondía "Nie rozumiem" (no entiendo), para que luego acudamos juntos a Ewa o Andrzej a que nos tradujeran la situación.

Uno de los desayunos que tuvimos a solas, lejos de todo traductor (mientras Andrzej y Ewa se ocupaban de Mateusz o de alguna otra tarea en el hogar), intenté hablarle en inglés pero fue inútil: no podíamos pasar más allá del "Good morning", "Hello", "Thank you" o "You're welcome". Entonces se me ocurrió inventar un juego: yo levantaba algo de la mesa del desayuno, y decía su nombre en inglés. Marta lo repetía (sabiendo que yo lo estaba diciendo en inglés), y luego yo le preguntaba "¿Polski?" Y ella me decía el nombre del mismo objeto en polaco, y luego yo repetía esa palabra, tratando de copiar la pronunciación que es muy difícil. Taza, café, zanahoria, cuchara, tomate, cuchillo, pan, tenedor, etc. ¡Fue muy interesante!

Otro día repetimos desayuno juntos. Marta vestía una remera con las princesas de Frozen, que fue un gran puntapié para comunicanos. Le señalé las princesas y las nombré una a la vez (aunque sin recordar cual era cual): "Ana and Elsa". Marta me miró sorprendida, y repitió los nombres en el orden correcto. Entonces, empecé a tararear "Libre Soy" la canción más conocida de Frozen, que si tenía la remera, la tenía que conocer. Cuando Marta identificó la canción que yo estaba cantando, fue tal su sorpresa y su emoción que empezó a cantármela en polaco, ¡Se sabía la letra! Increíble, esos momentos que deseás tener algo a mano para grabarlo, pero no queda otra que disfrutarlo y atesorarlo en la memoria. Luego me acordé de otro personaje de la película, el muñeco de nieve, pero no me acordaba el nombre. Entonces pensé en el frío, hice gestos de frío, fuí hasta el freezer e intenté mostrarle que tenía frío, y como ella aún no entendía saqué una zanahoria de la heladera (blanca, porque no había naranja) y me la puse de nariz y empecé a caminar raro. Finalmente Marta dijo:
-¿Olaf?
¡Claro, Olaf! Hubiese sido más fácil si me acordaba el nombre, pero fue muy divertido. ¿Y el desayuno? Por supuesto, se enfrió por completo.


Pedaleadas por Katowice y fútbol

Pedalié mucho por Katowice junto a Andrzej. Es una ciudad con muchos parques y bosques con sendas para correr o pedalear. Es muy interesante cuando se conoce un lugar junto a alguien que vive ahí, y además es tan apasionado por mostrártelo, como Andrzej. Aprendí mucho sobre la historia de Silesia, la región sur de Polonia donde se encuentra Katowice. En una esas pedaleadas, terminamos pasando cerca de un estadio de fútbol, donde desde lejos ya se escuchaba una multitud cantar, tal como en un partido en argentina. Nos acercamos y el partido ya había comenzado hace muy poco. Nos miramos con Andrzej y dijimos "¿Porqué no?" Y al rato, luego de lograr que nos vendieran dos entradas (ya que no teníamos pasaportes o ID con nosotros) estábamos en la tribuna.
La segunda vez que fui a la cancha en mi vida, y fue en Katowice ¿Qué tal? Andrzej me decía por cual equipo había que alentar (hay que hinchar por uno aunque no se conozca ninguno). Cada tanto, en alguna jugada emocionante, se me escapaba alguna que otra mala palabra en español, igual seguro que nadie me entendía. Había parrillas en el predio, y olor a choripan, que me hizo viajar instantáneamente a mi país, aunque se trataban de salchichas típicas de allá. Polonia tiene muchos tipos de salchichas, de pollo, cerdo, vaca, ahumadas, y de las que no se cocinan, que son como nuestros salamínes, pero con un sabor completamente distinto, muy recomendables.
El partido llegó a su fin, perdimos 3 a 1. Me queda como souvenir la tarjeta del "Deportivo Katowice" con mi nombre, la misma que me dieron para entrar al estadio.
Fue una linda experiencia la de la cancha, aunque para mi gusto, al fútbol en vivo le falta el replay.


Empanadas caseras

Más de una vez cociné para toda la familia (fue difícil lograr que Ewa ceda el uso de la cocina). Una de esas veces, preparamos empanadas de carne, con masa casera, por supuesto, ya que es imposible conseguir masa para empanadas allá. Curiosamente, los polacos tienen una comida típica que es similar a las empanadas, los pierogis, sólo que son más chiquitos y se cocinan herbidos, difieren los rellenos y no tienen repulgue. Son ricos, aunque no hay como nuestras empanadas. Al principio, fue difícil dar con la harina justa para preparar la masa, ya que sus harinas de trigo no tienen la misma nomenclatura de refinamiento que las nuestras, aunque elegimos una que debía ser más o menos similar. Lo demás era facil de conseguir: carne picada, cebolla, morrón, cebolla de verdeo, aceitunas, huevo. Con todos los ingredientes, empezamos. Mi primera vez amasando las tapas, todo un trabajo. Ewa fue mi asistenta y anotaba a cada paso la receta. ¿El resultado? Unas empanadas bastante buenas, y mis amigos, chochos.


Auszchwitz y Cracovia

Cuando estaba dejando Viena me vino el nombre de Auschwitz a la mente, y me sonaba que estaría por ahí. Ya en lo de mis amigos, les pregunté acerca de éste lugar y me dijeron que efectivamente estaba muy cerca, a mitad de camino entre Katowice y Cracovia, pero lamentablemente era una parte muy dura de su historia, y no querían volver a visitarlo. Pensé que no podría dejar de ir estando tan cerca, así que aproveché y fui sólo. Fue una experiencia muy dura, pero es un lugar que vale la pena visitar si se está de paso por ahí. Subo algunas fotos de los momentos en que era posible o propicio sacar fotos. Otras partes del museo, si bien se pueden fotografiar, son mucho más impresionante y sentí que por respeto no debía hacerlo.
Luego de la larga visita al Auschwitz, un gran momento de contemplación, aprendizaje y respeto, fui a conocer Cracovia, la antigua capital de Polonia, una ciudad con un centro histórico muy pintoresco que vale la pena visitar.


Despedida

Finalmente llegó el día de partir. Fue un poco triste tener que dejar a mis amigos, si es por ellos, podía quedarme todo el tiempo que quisiese, pero quise conocer un poco de Varsovia antes de dejar Polonia. Fuimos a la estación de tren de Katowice y nos despedimos con abrazos, una vez más, sin saber cuando nos volveríamos a ver, pero con la seguridad de que algún día volveríamos a compartir tiempo juntos, acá, allá o donde sea. ¡Hasta la próxima amigos!

martes, 22 de septiembre de 2015

Zürich, un lugar para quedarse

Un título jugado pero sentido. Conocí Zürich y me tentó experimentarla un tiempo.

Es la ciudad más saludable que conocí, con mucha conciencia ciudadana en la gente, muy avanzada en todo sentido; limpia, sin polución, ordenada y muy linda. Ubicada en un valle fértil rodeado por bosques, con un lago cristalino, y ríos donde se ven las piedras del fondo; patos y cisnes en el agua, granjas con vacas, huertas, frutales dentro de la ciudad; muchos senderos de trekking que atraviesan los bosques, a pocos minutos de tram o bus desde el centro de la ciudad; un sistema de transporte amplio e impecable y que funciona a horario; mucha comida, mucha variedad, la facilidad de conseguir alimentos orgánicos producidos sin el uso de agroquímicos, una vida cultural muy amplia y variada, muchas ventajas laborales, mucho deporte y vida al aire libre en verano, y probablemente nieve y trineos en invierno... Una ciudad que contagia, con aires despreocupados, con tiempo para la vida, todo se ve en la gente que va por la calle. Eso sí, es muy costosa, pero el valor siempre es relativo.

Llegué una noche tarde a Zürich Hauptbahnhof, la estación central de trenes. Jero, un viejo amigo de mi hermano y de la familia toda, me estaba esperando allá, y no tardamos en encontrarnos. Me dijo "No hay nada más lindo que llegar a un lugar desconocido y que alguien te esté esperando. Un día un amigo lo hizo conmigo, y fue tan lindo que hoy lo hago con vos". Fue el mejor recibimiento que tuve, y es cierto. Viajando se conoce gente, a veces se está solo y a veces acompañado. Pero llegar a un lugar, de noche, sin conocer, es siempre motivo de stress. Tener alquien que te espere y reciba, es una suerte enorme.
Así que pensé: algún día, desde mi lugar, voy a recibir a todas las personas que me recibieron o que quieran quedarse en casa en su paso por mi ciudad ¿Por qué no? Y los iré a esperar a donde lleguen como Jero me esperó. Sin forzarlo, compartir y hacerlos parte. Porque debe ser lindo recibir gente que viaja. Porque compartir el viaje te hace parte.

Y vuelvo a Zürich... ¡Que hermosa familia! Jero, Andre y Lina son esa gente sencilla y alegre que te ilumina el alma, que a veces cuesta encontrar pero que existe. La pasé genial en estos días compartidos, en familia, como si hubiese encontrado otro hermano, cuñada y sobrinita que viven fuera del país. Cuando la conocí a Lina, lo primero que me regaló fue una sonrisa, y extendió los brazos para que la alce. No se que me vio, quizas los rulos, pero nos hicimos amigos muy rápido.

Me sentí inspirado por ellos, conocerlos en lo cotidiano, la vida hermosa que llevan, y me muestran que es posible vivir sanamente y con muy poco, sin la necesidad de un auto ni una tele, y ser tan o más felices como cualquiera que se lo proponga. Y ahí está el punto, en la predisposición a la felicidad, con uno y con los demás, sea en el lugar que sea. Rodearse de la gente que a uno le hace bien, hacer las cosas que te acercan a esa gente, en sumatoria a las cosas que te gustan (que a veces coinciden), compartirlas y hacerlas con amor, y mientras tanto disfrutar todo, lo bueno, lo notanbueno y lo malo. Parecen muchas cosas, pero cuando se entra en sintonía con uno mismo pasan sin que uno se de cuenta, casi como cuando aprendemos a manejar.

(Y nuevamente me fuí por las ramas)

Esa es la historia. Pasé unos días muy lindos y quedé fascinado con tan bella ciudad. Lamentablemente tuve que seguir viaje hacia Austria, pero me llevo el hermoso recuerdo de Zürich, un lugar para quedarse.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Ser voluntario

A veces, viajando uno también se cansa. Una contrariedad para todos los que lean ésto y no estén viajando en éste preciso momento, pero una realidad que se siente y hay que combatir. El ir de aca para allá, que ésta ciudad, que la otra, que tal monumento, que tal museo, y no te olvides de visitar ésta otra cosa, porque no podés haber ido a ese lado y no visto aquella otra. ¡Stop! Si, es difícil callar todas esas voces, que no se de quién serán, pero le hablan a uno desde lo más profundo. Cuando logro silenciarlas (que de vez en cuando me sale), el panorama se despeja y la visibilidad no puede ser más clara: Veo todo, elijo eso, y alla voy.

Uno de los objetivos del viaje era conseguir un trabajo, por dos o tres semanas, en una viña en Italia, o en Suiza tal vez. Hacer algo distinto a mi profesión, con mis manos, con el cuerpo, donde al final del día sienta un cansancio distinto al de la animación y la computadora, otro tema que ya profundizaré más adelante.
Volviendo a la búsqueda de aquel trabajo alternativo, pregunté y averigué con la gente que fui conociendo, pero no conseguí dar con el contacto adecuado. Sin embargo, en el preguntar y el conocer se me abrió otra puerta que siempre estuvo ahí y nunca la había visto: hacer un trabajo voluntario.
El voluntariado o “woofing” consiste en trabajar aproximadamente media jornada al día, a cambio de cama y comida, desempeñando una amplia variedad de tareas, dependiendo quien te aloje y en lo que necesite ayuda. Hay desde ayudar en huertas orgánicas, no-orgánicas, en tareas de la casa, hostels, bed&breakfast, embarcaciones, de todo.
Hay sitios de internet donde la gente que necesita ayuda de voluntarios se postula, muestra fotos de su lugar y cuentan un poco acerca de ellos, del trabajo que necesitan o esperan que se haga, etc. Como esos hay miles, así que busqué mucho, y costó encontrar el lugar que me cerrara. Muchos brindan servicios de Bed & Breakfast, cabalgatas o agroturismo (que no se muy bien que vendría a ser eso), y esos eran justamente los que menos ganas de ayudar me daban. Si ganan dinero con mi trabajo, no necesitan voluntarios, necesitan empleados.

El anfitrión que elegí fue una familia Alemana que hace mucho años habita en una hacienda perdida en el medio de la Toscana. No necesitan de mucho, y se alimentan principalmente de lo que producen: la huerta, el aceite de oliva, sus huevos y su miel. Cruzamos mails con Sibylle, la dueña de casa, y finalmente me aceptó. Así que ahí fui.

Fue un largísimo día de viaje desde Florencia, en bus, y luego a dedo y más dedo y más bus, en una ruta donde no existen las rectas, y sube y baja praderas. Cada vez pasando por pueblos más chicos, todos con sus casas de piedra amontonadas, luego las colinas plantadas, los olivos, mucho bosque, y cada tanto el humo que sale desde las inmensas plantas de energía geotérmica.

En viaje, esperando que alguien me levante

De repente me encontraba en lo de una familia que hablaba alemán la mayor parte del tiempo, e era inebitable sentirse raro, como colgado, retraído y distante, aunque me esforzaba por caer bien o mostrarme lo más rápido posible, tratando de hablar italiano, y cuando eso no funcionaba cambiar al inglés, y así. Una especie de “no se que hago acá” mezclado con la ansiedad y la paciencia (una dupla un poco rara) de querer estar y ser parte.
La primera experiencia de acercamiento fue con los nietos de Sibylle, que estarían ahí sólo mis primeros días y luego partirían de regreso a casa. Con los chicos el idioma es universal: jugar. No hace falta hablar la misma lengua. Lo importante es entender las reglas de un juego y jugarlo, apelando a la creatividad, la sorpresa, los ruidos y sonidos... todo vale, y cuando se agota se inventa algo nuevo. A los niños no les importa la nacionalidad o la lengua: si uno juega es bienvenido.

Así empecé a meterme de a poco en ésta familia.

Luego los chicos se fueron y dejaron un vacío, aunque esa frescura de niño en el ser. Me hacían reir mucho, y escucharlos hablar en sus voces diminutas en alemán o en italiano es lindísimo. Con Sibylle poco a poco ibamos entrando en confianza, aunque lentamente, los adultos somos más complicados que los niños. Sibylle es quien se hace cargo de la hacienda en general. Enrico, su esposo, es unos años mayor que ella y ya no puede ocuparse de las tareas pesadas de todos los días, como lo hizo durante tantos años. El trabajo siempre abunda y no es facil mantener todo para que no se estanque. Año tras año, la noria del tiempo gira y gira, sucediento las estaciones una tras otra, cada una con sus quehaceres, sus cosas lindas y sus otras incómodas. Por suerte Sibylle apela a buscar ayudantes constantemente, y gracias que lo hace, porque crea un espacio de intercambio muy lindo. Y ahí entro yo en la historia.

El hijo menor de Sibylle, León, es quien reemplaza a su padre en las tareas pesadas de la hacienda. Juntos se ocupan de las colmenas y la producción de miel, que dicho sea de paso, es exquisita. Si bien ya no vive allí, todos los días viene a ayudar en lo que haga falta. Mi trabajo será ser su asistente/aprendiz, en las tareas del campo que haya que hacer, pero sobre todo cortar leña para el invierno que se viene.
León, al igual que sus padres, es una persona muy alegre y sencilla, y a pesar de nuestras diferencias de idioma nos llevamos bien al poco tiempo. En uno de nuestros cafés después de almorzar me cuenta que el fin de semana siguiente habrá una fiesta en un pueblo vecino, donde él venderá la miel y Sibylle ayudará en la cocina, como todos los años. Posiblemente podré ayudar a llevar la comida a las mesas y luego comer y beber junto con todos los que colaboran en el evento.
Más tarde Sibylle también me menciona lo de la fiesta, parece que es un evento muy importante y caí en momento justo. Todo en la fiesta gira en torno a la comida, y lo que podré hacer es ayudar en la cocina o servir a las mesas. Siento algo entre la emoción, la curiosidad y la pereza previa a empezar algo nuevo, con miedos y ansiedad, todo junto. ¿Cómo será cuando llegue allá y no conozca a nadie? Son todos italianos, ¿Cómo será que haré mi trabajo? ¿Lo haré bien? “Tranquilo Nacho” Me digo a mi mismo. Es así siempre. La experiencia de la fiesta puede ser muy linda, sólo hay que abrirse y dejarla entrar, por más que no lo sepamos todo.

Mientras tanto, la semana continúa. Armamos un cobertizo para la leña con León, usando pallets para el piso y las paredes, y chapa para el techo. Cortamos y hachamos troncos para que quepan en las distintas estufas de la casa, que son varias. Aprendo a usar la “Motosega piccola” (motosierra chiquita), y a hachar troncos. ¡Lindo ejercicio!
En invierno todo se hace a leña en la hacienda, desde calefaccionar, hasta cocinar o calentar agua para la ducha. La casa es antiquísima, toda de piedra, con puertas petisas y ventanas diminutas pero bien puestas. Es una casa bellísima, en medio del bosque. Un arroyo le pasa por la entrada. La cocina de verano es afuera, con una mesa larga bajo un techo. Hay moscas, mosquitos, y todo tipo de bichos. La pareja de ocas son las dueñas del estanque. Si te acercás, de seguro te sacan la lengua y grasnan escapando, y si en una de esas el macho anda en guapo, te hace frente sin problemas. Hay carpas japonesas, una pareja de asnos sueltos por allá, y muchos perros y gatos.

El cobertizo para la leña que armamos, la nueva cama del gato
El día que junté avellanas
Las colmenas
Enrico y León

Entre mis tareas como ayudante también reparo alguna que otra PC, para no perder la costumbre... A veces me arrepiento de decir que sé arreglar computadoras, cuesta y quema el coco. Pero cuando a pesar del esfuerzo puedo resolverlo, es lindo.

Llega el sábado y a prepararse para la fiesta, que será en un pueblo vecino a la hacienda. Lleva el nombre de “Fiesta di liberazione”, y es una fiesta del Partido Comunista (ahí me vengo a enterar). La verdad me dan un poco de pereza los eventos políticos. Son todas esas cosas que suelen estar teñidas de ideología, de una manera en la que trata de ser impuesta o más propaganda que otra cosa. Pero dejo de juzgar. Voy, y veré de que se trata.

Cuando llegamos, encontramos a todos los que ayudan en la fiesta sentados en una larga mesa afuera, haciendo la sobremesa del almuerzo. Sibylle conoce a todos y empieza a saludar, y me va presentando, y todos se sorprenden que éste año haya un muchacho de Buenos Aires que venga a dar una mano. De entrada me dan un vaso de vino, que no puedo rechazar (otro lenguaje que trasciende fronteras). Me invitan a sentarme, y me preguntan que cómo es que llegué hasta ahí, a una fiesta muy local, en un pueblito perdido en la Toscana. Les cuento brevemente la historia del viaje y el voluntariado. Daniela, una de las señoras que organiza y dirige la cocina, me pregunta si quiero ayudar a cocinar. Le digo que si, por supuesto. Sibylle se sorprende de la tan buena recepción que tuve.

Todos a la cocina entonces, me pongo el delantal y manos a la obra.

Pasamos unas horas cortando tomates y cebollas como para un batallón, pero ya la cosa empieza a ser entretenida. Los platos son diversos: hay entradas, primer plato de pastas y carnes frías, tartas, lasagnas. Luego carnes y salchichas a la parrilla, unos brochettes de carne de cordero (los arrosticini), papas fritas, quesos, ensalada, vinos, fruta tortas y otros postres. Una carta variada y todo en una cantidad grande, ya que se espera que asista mucha gente.

Llega la tarde y va cayendo la noche. La tarde de cocina no estuvo nada mal, ahora toca servir. Me dan mi remera de la fiesta (que todos los meseros debemos usar) y con un poco de ansiedad y un poco de miedo, espero que empiece el juego de ser mozo, que promete ser muy divertido. Brevemente me explican como proceder en aquel arte: “Primero tomás la hoja con el pedido en la mesa, luego llevás manteles de papel, cubiertos y vasos para todos, más la panera, es muy importante la panera. Después volvés con la bebida, otra cosa fundamental que no debe faltar. Luego con la mesa ya preparada, vas en busca del antipasto, y después el primer plato. Pero procurá llevar todos los platos a la vez, porque todos tienen que comer juntos. Y te conviene pedirlos de ésta forma y no de tal otra, para que no se te enfríen, pero si son muchos comenzales vas a tener que hacer dos viajes, y ni te cuento si tenés dos mesas al mismo tiempo”.

Stress, mucho, mejor respirar e ir de a poco.

¡Llega la gente, empezamos! Recorro las mesas largas, con la mirada alta esperando ver clientes sin atender. “Es mi primer mesa, es mejor que agarre una con pocos comenzales” pienso. Miro y miro gente con el papel de su orden en la mano. La gente ordena en la caja lo que va a comer, paga y va a sentarse con éste papel que dice todo lo que hay que servirles. ¡Allá hay un grupo sin atender! 1, 2, 3, 4, 5... ¡6! Mmm no mejor no... “¡Mozo! Queremos ordenar” Me dicen levantando la mano. ¡Me vieron venir! Voy a tener que hacerle frente...

Y así comienza una noche divertidísima. Ir a las mesas, presentarme “Bounasera, io sono Nacho di Buenos Aires” (lo digo antes que me escuchen hablar y se den cuenta ellos que no soy italiano). Siempre con una sonrisa, mucha simpatía, y disfrutando éste nuevo juego a pleno. Y voy, agarro los manteles y los cubiertos. Voy a pedir el antipasto al lugar equivocado, y la gente que te da los platos en la cocina te ayuda, pero a veces también hay que hacer cola, y los tortelli (que son como nuestros ravioles) demoran y todos los mozos reclaman sus platos, y entonces hay que pensar la estrategia para que la gente de la mesa no te odie por la espera eterna, aunque a veces no les queda otra que aguantar.
El lugar se llena de gente. Seremos unos diez mozos, y entre nosotros Elena, la novia de Leon, que habla un poco de español, y cada tanto le pregunto una frase en italiano propicia para la comunicación con los comenzales, frase que repito y memorizo mientras voy llegando a la mesa, tratando de entonar de manera correcta. No hay caso, a los pocos metros me la olvidé por completo. Todo es muy acelerado, pero muy muy divertido. La gente de la cocina se rie de verme trabajar, todo entusiasmado, quizás como ningún otro, y desenvolviéndome en el oficio de servir, aún hablando poco italiano, y sobre todo con gente que habla el dialecto Toscano, que es mucho más dificil de entender.
Formando un gran círculo que se mueve entre las mesas, una banda de vientos con algo de percusión interpretan canciones típicas, italianas e internacionales, movidas, llenas de ritmo y solos de saxo, trompeta, y trombón. Son muchos, y suenan increíble. Yo paso de ida y de vuelta y se me van los ojos de verlos tocar.
Y así pasan mis mesas: primero 6 comenzales, luego 5, luego otros 5, luego 7... ya no le arrugo a la cantidad de gente, entendí las reglas y disfruto el juego, cuánto más me desafíe mejor.

La cena va terminando y ya no quedan mesas por atender. Se prepara una gran mesa para todos los cocineros, los ayudantes, los mozos, los de la caja y los de la parrilla, y nos reunimos a comer todos juntos lo que sobra (que no es tanto como esperábamos), aunque por suerte el vino siempre abunda. Luego a dejar todo limpio que mañana domingo serán dos comidas: almuerzo y cena.
Con la poca energía que queda vemos una banda de pízzica que toca en el mismo predio, parte del programa de la fiesta. La pízzica es música movida típica Italiana, originaria de la Puglia, la región del sur de Italia de donde era mi abuelo. Luego de la banda a dormir, que mañana hay que volver temprano.

A las 9 de la mañana del día siguiente estamos de vuelta con Sibylle, chochos de volver. Ya todos me conocen y comienzo nuevamente a ayudar en la cocina, cortando. Que el pepino para la “insalatta” (hay que hacer una breve pausa en la doble t), que los tomates en cubitos para los tortelli... Me paso un buen rato cortando y picando.
Llega la hora y sirvo como ayer, disfrutando cada mesa que me toca, cada viaje a la parrilla (donde de vez en cuando los muchachos me dan un brochette para picar), pico papas fritas acá, y me hidrato un poco allá, y entre tanto salgo a las mesas a servir. La paso fenomenal.
Terminado el almuerzo comimos todos juntos como de costumbre, y luego un pequeño descanso antes de volver a la cocina, que hay que preparar la cena.

Para ésta altura de la fiesta ya somos todos amigos, y a la tarde ya sentía que la cocina estaba llena de madres, abuelas y amigas cocineras. Ayudé a hacer bombolones (como unas rosquillas de bola de fraile) para comer a la tarde, y luego hicimos el brindis de fin de fiesta entre todos los de la cocina, que ya estamos prontos a servir la cena.

Una fiesta única. En dos días de compartirla desde adentro, me sentí en familia. Me movía libremente, todos me conocían y siempre había un motivo para reirse. Es un evento hermoso que se hace año tras año, y ya varios empezaron a decirme “El año que viene te esperamos” o “Nos vemos el año que viene”. Desde los más cercanos hasta los que había visto unas pocas veces y apenas hablado. Y yo chocho, más que feliz de encontrar gente tan hermosa, en éste viaje que viene siendo un gran descubrimiento tras otro.

Obviamente terminé borracho y feliz.

Sibylle, cocinando
Le bombolone
El brindis

Ni bien llegué al voluntariado en la hacienda comencé a pensar en que no lograría quedarme las dos semanas pautadas en un principio. No tenía la paciencia para aceptarme en un período de adaptación. Luego de la fiesta no dudé en quedarme el tiempo completo. Y entendí que dos semanas es el tiempo mínimo para que tanto el voluntario como el anfitrión logren conocerse. Menos que eso, lo más probable es que fracase, o que la experiencia no cubra las expectativas de alguna de las partes.
No hay dudas: el tiempo te hace compartir cosas, el tiempo te hace conocerte, con uno y con los demás. Sin darle una oportunidad al tiempo, lo más seguro es que nada llegue a ser del todo. Hay que tener paciencia, y si ya se tiene mucha, se puede tener un poco más. Con cada paso se aprende.

Y acá estoy, ya habiendo pasado mis días de cortar leña y acomodarla, con otra muy linda experiencia que guardo como recuerdo. Amigos nuevos, y el haber conocido una hermosa familia Alemana desde dentro, en la bella Toscana de Italia. Y por supuesto, me fui con miel y abrazos y un “Cuando quieras volver, te esperamos”.

¡Hasta pronto amigos!