domingo, 11 de octubre de 2015

Si, fui a Polonia

Y fue una experiencia extraordinaria. Cumplido otro de los objetivos de éste viaje.

Mientras estaba por Italia o Suiza, la gente me preguntaba acerca de como seguiría el itinerario de mi viaje. Cuando llegaba el momento de mencionar que luego iría a Polonia, siempre me miraban raro.
- ¿Por qué vas a Polonia? Me preguntaban, como si me hubiese equivocado de destino. Mi respuesta siempre era la misma: "Voy a visitar unos viejos amigos".

Allá por el 2009, viajando en auto por américa del sur, conocí a Andrzej & Ewa, dos viajeros polacos con muy buena onda, muchos meses de mochila sobre sus espaldas, y un embarazo de unos 5 meses que empezaba a mostrarse. Tal fue la amistad que se dio, que continuamos escribiéndonos y encontrándonos en varias ciudades de Bolivia, Perú y Ecuador, mientras todos hacíamos la misma ruta hacia el norte. Cuando en Cuzco, luego de haber visitado Machu Picchu, me apareció el gran interrogante sobre si continuar el viaje o regresar a Argentina por el mismo camino por donde había venido, Andrzej & Ewa, me ayudaron a trazar una ruta que rodeaba toda América del Sur, que me alentaba a continuar viajando, y que meses después completaría para regresar a Buenos Aires.
Un mes más tarde, en Quito, el viaje de Andrzej y Ewa llegaba a su fin. Nos despedimos en el aeropuerto, ya con su embarazo de 7 meses. Adios a mis nuevos amigos.

Con el tiempo, la amistad pasó a un plano de correspondencia por correo electrónico. Nació Marta, su hija, que conocí y vi crecer por fotos. Luego de un tiempo viajaron en bicicleta por Asia, desde China hasta Polonia, ya con Marta de unos 3 años.
En mis correos, siempre les decía que los visitaría el día que vaya a Europa, aunque no sabía cuando sería eso. Los años pasaron, y el proyecto del viaje nunca lograba tomar la fuerza suficiente. Hasta que un día todo se alineó, y el momento de viajar apareció. - "Andrzej, en unos meses los voy a visitar" le dije, definitivamente.

Y viajé, y poco a poco me fui acercando. Luego de Suiza visité rápidamente Viena. De ahí tomé un bus durante la noche hasta Katowize, una gran ciudad minera al sur de Polonia. Cuando llegué, muy temprano en la madrugada, esperé a Andrzej que me vendría a buscar. La noche que aclaraba en una ciudad desconocida, en un país con un idioma del cual no entiendía nada (ahora entiendo alguna que otra palabra). Miré, esperé, y nada. Estaba un poco ansioso por el reencuentro. De repente, me sorprendió un "¡Hey Nacho!" y unas palmadas en la mochila. Era Andrzej, el mismo, que apareció de no se donde.
- "Cześć, my friend" ("Hola mi amigo") le dije, en una combinación de polaco e inglés, un saludo que tenía preparado. Al poco tiempo ya empezamos a decir tonterías y a reirnos de cualquier cosa, con la misma frescura que recordaba, como si nos hubiésemos despedido ayer.

Me llevó a su casa, en Chorzów, un pueblito muy cercano a Katowice. Ni bien entramos, entre risas y emociones, me encontré con Ewa que alzaba a Mateusz, el nuevo integrante de la familia. ¡Es muy emocionante volver a verlos! Estoy feliz de haber ido hasta allá, de haberme "invitado", o más bien haber hecho real aquella invitación que alguna vez me ofrecieron, pero que siempre pareció más lejana e imposible que real. Estoy contento de mantener viva una amistad que tranquilamente pudo haber sido víctima de la distancia y el olvido. Asi comenzaron mis días en Polonia. Redacté unos mini-relatos, para contar acerca de algunos de los hermosos y divertidos momentos que pasé con Andrzej, Ewa, Marta y Mateusz.

Chorzów

Nikiszowiec y la pista de hielo

Después de mi llegada a la casa (por la cual hice madrugar a la familia toda), desayunamos. No había podido dormir mucho en el bus durante la noche, y terminé pagándolo en cómodas cuotas de siestas a lo largo del día. Andrzej me contó el plan para hoy: Vamos a ver un una muestra de deportes (o al menos eso entendí), y ya que estamos pasamos a visitar un barrio muy peculiar que hay cerquita.
-"Llevate abrigo que va a hacer frío" -Me dijo. No parecía muy complicado el plan, pero con el bus-lag muchas cosas se me escaparon.
Llegamos al barrio de Nikiszowiec, un vecindario construído a principios del siglo pasado para los trabajadores de las minas de carbón y sus familias. Un lugar con una arquitectura muy particular, de tiempos de la ocupación alemana. No llevé ni una cámara de fotos, ni la réflex ni el celular (nuevamente el bus-lag), así que subo una foto de Wikipedia.
Recorrimos el enorme barrio de viviendas de ladrillos, un lugar super interesante. Frente a la entrada del mismo, había un gran estadio de jockey sobre hielo. Hacia allá fuimos luego de caminar entre aquellos edificios que me dejaron encantado. ¿Qué haríamos ahora? Me pregunté entusiasmado. Seguí a Andrzej hasta la boletería y sacamos entradas para todos. Andrzej me dió la mía, la agarré y lo miré, aún sin entender.
-¿Vamos a ver un partido de jockey sobre hielo? -Le pregunté (no puede ser verdad, me encantaba la idea).
-¡Claro, pero si te lo dije hoy! -Me dijo, riéndose.
¡No lo puedo creer! Fuimos a la entrada y llegamos al control. Los guardias me revisaron mientras yo estaba feliz y sorprendido de éste día. Una vez en las gradas, y viendo aquel freezer gigante, empecé a sentir que mi abrigo no era suficiente, pero estaba muy contento. Le conté a Andrzej de mi alegría y del frio, y por supuesto, volvió a reirse: "¡Te dije un montón de veces que íbamos a ver un partido de hockey sobre hielo y que traigas abrigo porque iba a hacer frío!" Me reí de lo despistado que soy. Al final no había entendido nada, pero disfruté mucho de aquel viernes de sorpresas junto a mis amigos.

Nikiszowiec / Foto: Wikipedia

(Fotos tomadas el viernes siguiente, ésta vez ya no me olvisaría la cámara).


Las fiestas familiares

El plan para el sábado y el domingo eran compromisos familiares de las familias de Andrzej y Ewa, que por supuesto no iba a perderme. El sábado en la tarde fue el cumpleaños del hermano menor de Andrzej, y ahí fuimos. Conocí a toda su familia que me recibió muy bien. El festejo era una merienda en una mesa larga, café con leche, te, tortas y... vodka. Si, obviamente tuve que hacer notar ese detalle a la gente de la fiesta.
-Lo que me suena raro es que haya vodka en el medio de una merienda -Dije, ya sin poder contener la curiosidad.
-¡Es nuestra costumbre! -Me contestaron con orgullo, y me sirvieron en mi vaso. Así que, sin oponerme demasiado, tuve que tomar café, torta, y cada tanto un sorbido de vodka, sabiendo que si se vaciaba el vaso, alguien me lo volvería a llenar. Hablé inglés con algunos y el resto fueron diálogos en polaco de aquí y de allá que me entraban por el oído, pero que lamentablemente no entendía una palabra por más que me esfuerce.
Llegó la torta y el momento de cantarle al homenajeado el "Sto lat" ("cien años") la canción polaca que se acostumbra cantar en los cumpleaños. Después cantamos el feliz cumpleaños en inglés, donde pude participar, y por último y a pedido del público, tuve que cantarlo para todos, en español.

El domingo fue el cumpleaños #1 de Ignacy, sobrino de Ewa. Hubo una misa antes (si, fui a varias misas en Polonia), y luego un almuerzo en un restaurant. Todo era bastante formal, así que refloté del fondo de la mochila la ropa del casamiento de mis amigos italianos, que me vino de lujo. Durante el almuerzo, todos hablaban polaco (que era lo normal que suceda), aunque poco. La mesa estaba bastante tranquila y callada, sólo ruidos de platos y cubiertos y sorbos de sopa. Con Andrzej, como dos chicos, empezamos a romper el silencio con nuestras carcajadas contenidas, buscando la diversión en cualquier cosa, inventando chistes en inglés con juegos de palabras, y lo que sea. Ewa, siempre más correcta, a veces se sumaba, pero podía contenerse mejor. Por supuesto, había vodka y cada uno tenía su vasito, que estuvo ahí desde el comienzo junto a la vajilla del almuerzo.
Pasamos una tarde muy divertida, entre risas y copas, comiendo platos típicos polacos.
Para la vuelta, Ewa fue la encargada de tomar el volante. Andrjez me siguió los pasos en el camino del vodka, aunque con un aguante digno de un eslavo. Yo, con mi aguante propio de un sudamericano, volví bastante mareado pero feliz.


Mateusz, Marta y las clases de Polaco

Mateusz y yo nos hicimos amigos muy rápido. En cierta época sentía que los bebés me tenían aprecio, y después cuando crecían un poco más ya no me daban mucha bola, o mis juegos no eran tan efectivos. Hacía mucho que no me ganaba la amistad de un bebé, hasta ahora. Volvieron a mi momentos de juegos con mis sobrinos pequeñitos. No se porqué, pero al cabo de unos días Mateusz cada vez que me veía sonreía, mostrándome los dientes y hasta cerrando los ojos. Creo que le enseñé a guiñar un ojo, porque realmente con sus 7 meses, le salía muy bien. Cuando lloraba que quería ir con su mamá, o porque estaba aburrido (es un gran actor), con dos monerías que le hacía me miraba y me sonreía, saliendo completamente de su personaje ¡Un chanta total! Siempre quería venir conmigo. A veces hasta me estiraba los brazos siendo alzado por su mamá, y Ewa encantada. Todo un personajecito Mateusz.

Antes de visitar a mis amigos me preguntaba como nos comunicaríamos con Marta ¿Hablará inglés? La respuesta es que recién está aprendiendo, por lo que comunicarse fue todo un reto. Nuevamente el juego fue el medio por el cual pudimos hacernos amigos, aunque empecé con el pie izquierdo.
El día que llegué nos sentamos a desayunar bien temprano. Ewa iba y venía, preparaba el desayuno. Es una de esas madrazas que hacen diez cosas al mismo tiempo y no deja que la ayudes. Andrzej y yo esperábamos sentados mientras se hacía el café y los huevos. Marta llegó a la cocina, resfregándose los ojos, tratando de despabilarse y a la vez de sacarse la timidez de encima. Una vez que juntó coraje me dijo, dudando:
-Good... ¿bye?
Con Andrzej no pudimos evitar una carcajada que estalló casi sin pensarlo. Pobre Martita, se volvió llorando a su cuarto. Ewa nos retó, obviamente, y pensé que empezar con el pie izquierdo con Marta sería un comienzo difícil. Resulta que ella sabía de mi llegada, y había estado practicando todo el día anterior saludos y palabras en inglés, pero el sueño y los nervios la hicieron confundirse. Sin embargo, poco a poco fuimos amigándonos. Ella era muy curiosa y sabía que debía hablarme en inglés, aunque sepa muy poco ese idioma, porque yo de polaco no entiendo nada. Entonces, con el lenguaje siempre había una traba. Alguna que otra vez empezaba a hablarme en su idioma a lo que yo le respondía "Nie rozumiem" (no entiendo), para que luego acudamos juntos a Ewa o Andrzej a que nos tradujeran la situación.

Uno de los desayunos que tuvimos a solas, lejos de todo traductor (mientras Andrzej y Ewa se ocupaban de Mateusz o de alguna otra tarea en el hogar), intenté hablarle en inglés pero fue inútil: no podíamos pasar más allá del "Good morning", "Hello", "Thank you" o "You're welcome". Entonces se me ocurrió inventar un juego: yo levantaba algo de la mesa del desayuno, y decía su nombre en inglés. Marta lo repetía (sabiendo que yo lo estaba diciendo en inglés), y luego yo le preguntaba "¿Polski?" Y ella me decía el nombre del mismo objeto en polaco, y luego yo repetía esa palabra, tratando de copiar la pronunciación que es muy difícil. Taza, café, zanahoria, cuchara, tomate, cuchillo, pan, tenedor, etc. ¡Fue muy interesante!

Otro día repetimos desayuno juntos. Marta vestía una remera con las princesas de Frozen, que fue un gran puntapié para comunicanos. Le señalé las princesas y las nombré una a la vez (aunque sin recordar cual era cual): "Ana and Elsa". Marta me miró sorprendida, y repitió los nombres en el orden correcto. Entonces, empecé a tararear "Libre Soy" la canción más conocida de Frozen, que si tenía la remera, la tenía que conocer. Cuando Marta identificó la canción que yo estaba cantando, fue tal su sorpresa y su emoción que empezó a cantármela en polaco, ¡Se sabía la letra! Increíble, esos momentos que deseás tener algo a mano para grabarlo, pero no queda otra que disfrutarlo y atesorarlo en la memoria. Luego me acordé de otro personaje de la película, el muñeco de nieve, pero no me acordaba el nombre. Entonces pensé en el frío, hice gestos de frío, fuí hasta el freezer e intenté mostrarle que tenía frío, y como ella aún no entendía saqué una zanahoria de la heladera (blanca, porque no había naranja) y me la puse de nariz y empecé a caminar raro. Finalmente Marta dijo:
-¿Olaf?
¡Claro, Olaf! Hubiese sido más fácil si me acordaba el nombre, pero fue muy divertido. ¿Y el desayuno? Por supuesto, se enfrió por completo.


Pedaleadas por Katowice y fútbol

Pedalié mucho por Katowice junto a Andrzej. Es una ciudad con muchos parques y bosques con sendas para correr o pedalear. Es muy interesante cuando se conoce un lugar junto a alguien que vive ahí, y además es tan apasionado por mostrártelo, como Andrzej. Aprendí mucho sobre la historia de Silesia, la región sur de Polonia donde se encuentra Katowice. En una esas pedaleadas, terminamos pasando cerca de un estadio de fútbol, donde desde lejos ya se escuchaba una multitud cantar, tal como en un partido en argentina. Nos acercamos y el partido ya había comenzado hace muy poco. Nos miramos con Andrzej y dijimos "¿Porqué no?" Y al rato, luego de lograr que nos vendieran dos entradas (ya que no teníamos pasaportes o ID con nosotros) estábamos en la tribuna.
La segunda vez que fui a la cancha en mi vida, y fue en Katowice ¿Qué tal? Andrzej me decía por cual equipo había que alentar (hay que hinchar por uno aunque no se conozca ninguno). Cada tanto, en alguna jugada emocionante, se me escapaba alguna que otra mala palabra en español, igual seguro que nadie me entendía. Había parrillas en el predio, y olor a choripan, que me hizo viajar instantáneamente a mi país, aunque se trataban de salchichas típicas de allá. Polonia tiene muchos tipos de salchichas, de pollo, cerdo, vaca, ahumadas, y de las que no se cocinan, que son como nuestros salamínes, pero con un sabor completamente distinto, muy recomendables.
El partido llegó a su fin, perdimos 3 a 1. Me queda como souvenir la tarjeta del "Deportivo Katowice" con mi nombre, la misma que me dieron para entrar al estadio.
Fue una linda experiencia la de la cancha, aunque para mi gusto, al fútbol en vivo le falta el replay.


Empanadas caseras

Más de una vez cociné para toda la familia (fue difícil lograr que Ewa ceda el uso de la cocina). Una de esas veces, preparamos empanadas de carne, con masa casera, por supuesto, ya que es imposible conseguir masa para empanadas allá. Curiosamente, los polacos tienen una comida típica que es similar a las empanadas, los pierogis, sólo que son más chiquitos y se cocinan herbidos, difieren los rellenos y no tienen repulgue. Son ricos, aunque no hay como nuestras empanadas. Al principio, fue difícil dar con la harina justa para preparar la masa, ya que sus harinas de trigo no tienen la misma nomenclatura de refinamiento que las nuestras, aunque elegimos una que debía ser más o menos similar. Lo demás era facil de conseguir: carne picada, cebolla, morrón, cebolla de verdeo, aceitunas, huevo. Con todos los ingredientes, empezamos. Mi primera vez amasando las tapas, todo un trabajo. Ewa fue mi asistenta y anotaba a cada paso la receta. ¿El resultado? Unas empanadas bastante buenas, y mis amigos, chochos.


Auszchwitz y Cracovia

Cuando estaba dejando Viena me vino el nombre de Auschwitz a la mente, y me sonaba que estaría por ahí. Ya en lo de mis amigos, les pregunté acerca de éste lugar y me dijeron que efectivamente estaba muy cerca, a mitad de camino entre Katowice y Cracovia, pero lamentablemente era una parte muy dura de su historia, y no querían volver a visitarlo. Pensé que no podría dejar de ir estando tan cerca, así que aproveché y fui sólo. Fue una experiencia muy dura, pero es un lugar que vale la pena visitar si se está de paso por ahí. Subo algunas fotos de los momentos en que era posible o propicio sacar fotos. Otras partes del museo, si bien se pueden fotografiar, son mucho más impresionante y sentí que por respeto no debía hacerlo.
Luego de la larga visita al Auschwitz, un gran momento de contemplación, aprendizaje y respeto, fui a conocer Cracovia, la antigua capital de Polonia, una ciudad con un centro histórico muy pintoresco que vale la pena visitar.


Despedida

Finalmente llegó el día de partir. Fue un poco triste tener que dejar a mis amigos, si es por ellos, podía quedarme todo el tiempo que quisiese, pero quise conocer un poco de Varsovia antes de dejar Polonia. Fuimos a la estación de tren de Katowice y nos despedimos con abrazos, una vez más, sin saber cuando nos volveríamos a ver, pero con la seguridad de que algún día volveríamos a compartir tiempo juntos, acá, allá o donde sea. ¡Hasta la próxima amigos!

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